Historias de Salathé narradas por John Thune

Debemos esta entrada a la asociación de escalada de Yosemite, Yosemite Climbing Association, por poner a disposición de todos el artículo que narra varias anécdotas de John Thorn con Salathé, y agradecemos a Ken Yager habernos dado permiso para publicar nuestra traducción en este blog.

El artículo que traducimos a continuación lo escribió John B. Thune para Al Steck, de la revista Ascent, el 21 de abril de 1975. En él recoge varias anécdotas que vivió su padre (John Thune) con el legendario John Salathé. El original podéis encontrarlo aquí.

Os recomiendo leer antes un poco sobre la vida de Salathé para apreciar mucho mejor este artículo. Allá vamos:

ESCRITO POR JOHN B. THUNE PARA AL STECK, DE LA REVISTA ASCENT, OAKLAND, CALIFORNIA, 21 DE ABRIL DE 1975. 

PRIMEROS PASOS

John Salathé se inició en la escalada en roca una tarde de domingo de 1946 en Cragmont Rock, junto con la sección de escalada del Sierra Club. John Thune acudía a su primera sesión con Hildred Jentsch (Bennet) cuando vió a Salathe por primera vez. Se alzaba sobre una roca en la zona del aparcamiento. Se dirigió a Hildred y John explicándoles que había estado allí la semana anterior y que los escaladores le habían parecido «buena gente». Este fue el comienzo de los numerosos momentos de plenitud en la vida de John Salathé y el principio de una leyenda en la historia de la escalada en América.

SALATHÉ VUELVE A SUIZA

John Thune viajó a Suiza en la primavera de 1957. Su amistad con John se había estrechado con el paso de los años. El itinerario incluía una visita a Salathé; eso, si lograba encontrarlo. Así es como lo cuenta John Thune:

«Acompañado de mi amigo George Jeffrey, abandonamos el lago Maggiora en la zona italófona del país. Se me antojaba imposible que alguien pudiera vivir allí arriba, después de las horas que llevábamos ascendiendo por el sendero de montaña. Continuamos la ascensión con el conocimiento inequívoco de que Salathé era un hombre de montaña auténtico.

Tras recorrer una curva vi al frente una cabaña de piedra. De pie, junto a la entrada, sonreía un tipo de barba frondosa que sujetaba un cesto con los brazos. “Chon —exclamó— ¿ha sido buena la caminata?” Allí estaba Salathé. Le repuse que, efectivamente, la caminata había sido buena.»

John Thune y George convivieron con Salathé en su refugio de piedra durante los dos días posteriores. Durmieron en colchones de paja tendidos sobre el suelo y compartieron su parca alimentación.

«John vivía de la tierra, —continúa John Thune— recolectaba frutos secos y plantas del bosque. Incluso tenía unas hojas especiales con las que preparaba el té.

Nunca olvidaré nuestra primera comida. Era una enorme cacerola de hierbas hervidas. Parecía un guiso de césped. Salathé me recordó: “esto es bueno para ti, te dejará limpio”. Y sí, así fue.»

INTENTO DE CUMBRE

En los años cuarenta, la Lost Arrow, en el valle de Yosemite, se consideraba una cumbre imposible… aunque no para Salathé. Un fin de semana de agosto de 1946, John viajó a Yosemite. Ascendió por el sendero hasta lo alto del salto de Yosemite y recorrió el borde del cañón hasta divisar la aguja Arrow proyectándose imponente frente a él, separada del paredón del valle.

Tras rapelar hasta el punto en el que la aguja y la pared se unen, John inició su escalada en solitario para tantear la roca: se podía escalar.

Salathé recurrió a su amigo John Thune para que le acompañara el siguiente fin de semana: «He encontrado una roca en Yosemite que no se ha escalado todavía. Es una de las fáciles».

John Thune, que no estaba familiarizado con la Lost Arrow, no estaba convencido. ¿Cómo podía ser que hubiera una roca fácil en el valle Yosemite que no se hubiera escalado todavía? Aún así, decidió acompañarlo.

Dejemos que Thune nos cuente su tentativa:

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Lost Arrow

«Llegamos al valle hacia la una de la madrugada en el Ford A de John, después de conducir desde Bay Area. A las tres de la mañana iniciamos el ascenso a oscuras siguiendo la ruta que había tomado él la semana anterior. Nos encontrábamos cerca de la cumbre del valle cuando el cielo empezaba a arrojar sus primeras luces. Salathé señaló con el dedo: “Ahí está”. Frente a mí se elevaba una aguja que culminaba en el vacío. Tragué saliva. “¿Una fácil?”.

Descendimos al punto de unión. Salathé avanzó primero hasta la pared utilizando unos clavos superfinos que había fabricado especialmente para la ocasión y que, con suerte, le asegurarían en las prácticamente inexistentes fisuras.

¡Zas! La cuerda se tensó: uno de los clavos había saltado. Rodeados por los aullidos del fuerte vendaval y con Salathé fuera de mi vista, la comunicación era imposible. John se abrió paso despacio hasta regresar a mi altura y con una sonrisa añadió: “Bueno, volvemos a empezar”. Poco miedo tenía a las alturas… y yo temblaba por los dos.

Ayudándose de los clavos y tornillos de expansión, por fin alcanzó un punto a diez metros de la cumbre. Habíamos utilizado todo el equipo. Las puntas estaban desgastadas. Ahí estaba, sobre nosotros, casi al alcance de la mano… pero tan lejos. “Volveremos” —sentenció Salathé.»

Poco después, un grupo formado por Jack Arnold, Robin Hansen, Fritz Lippman y «Ax» Nelson, consiguió colocar una cuerda sobre la cumbre desde la pared del valle y, ascendiendo con prusiks, lograron ser los primeros en coronar la cima. Fue una decepción para Salathé, quien había demostrado que la aguja no era «imposible». Al cabo de unos años volvería, en aquella ocasión con Nelson, para convertirse en los primeros en escalar la Lost Arrow desde la base del paredón.

LA ÚLTIMA ASCENSIÓN DE SALATHÉ

A finales del verano de 1958, John Thune se encontraba en la localidad suiza de Zermatt junto con un grupo de adolescentes de la asociación YMCA de Oakland. John Salathé había accedido a viajar desde su casa, próxima al lago Maggiora, para reunirse con ellos y acompañarles en algunas de sus escaladas. Se reunieron la mañana del 8 de agosto.

A medio día, con las mochilas cargadas a la espalda y acarreando las cuerdas sobre los hombros, una docena de jóvenes de la asociación iniciaron su ascenso al Matterhorn acompañados por los dos Johns. Al anochecer, el grupo había alcanzado el refugio situado en la base de la formidable cumbre. Estos jóvenes empezaban a conocer a Salathé. Qué interesante resultaba aquel personaje, con aquella filosofía tan excepcional… Y qué cantidad de extraordinarias conquistas había protagonizado traspasando lo límites de la escalada en roca en América. Las conversaciones se prolongaron hasta bien entrada la noche. De alguna forma, la vida de aquellos chicos se estaba enriqueciendo.

En la oscuridad de la fría mañana, las cordadas avanzaban envueltas en un entusiasmo palpable. Fue entonces cuando Salathé les recordó: «Dios está en todas partes». La plegaria de un montañero con un profundo talante espiritual.

A las ocho en punto, abrigados al calor del sol naciente, el grupo se alzaba sobre la cima del Matterhorn como culminación a una escalada placentera.

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John Salathé entrega su material. Foto: https://goo.gl/ph6AR5

Con el sol ocultándose lentamente tras los picos del oeste, el grupo se congregó frente al albergue juvenil de Zermatt tras haber completado con éxito el descenso. Fue entonces cuando Salathé se sinceró:

«Ayer iniciasteis la ascensión al Matterhorn siendo unos adolescentes, pero habéis superado la prueba. Ahora sois adultos. Estoy orgulloso de vosotros.

Esta ha sido mi última ascensión, me estoy haciendo demasiado mayor para seguir escalando cumbres. Aprended a amar las montañas como yo. Que dios os bendiga».

Fue un momento muy emotivo cuando ese hombre de barbas, amable y generoso, regaló todo su material a los compañeros de escalada. «Ahora podéis subir montañas», dijo. Fue imposible contener las lágrimas.

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