El legado de John Salathé

Ha transcurrido ya más de medio siglo desde que el escalador suizo puso sus pies en el valle de Yosemite y, a día de hoy, su nombre todavía invita a rememorar grandes leyendas y sigue evocando un episodio apasionante e imprescindible de la historia del valle de Yosemite. Salathé contribuyó a dar un paso más en la conquista de lo imposible en el valle. Este personaje excéntrico, quien descubrió la escalada a los 46 años, además de dejarnos ascensiones memorables, abrió nuevas posibilidades a la escalada en Yosemite gracias a su ingenio.

Un tipo particular

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John Salathé en el Campo 4 en Yosemite. Foto tomada por Tom Frost en 1964.

De familia de granjeros con cuatro hermanos y una hermana, Salathé pronto abandonó su ciudad natal en Suiza en busca de oportunidades. Se formó como herrero y después de un largo periplo por Francia, Alemania y Canadá terminó asentándose en San Marcos, California, donde abrió su propio negocio, Peninsula Wrought Iron Works, volcando todos sus conocimientos sobre el trabajo del hierro.

Nacido en 1899, no fue hasta 1945 cuando Salathé tuvo su primer contacto con la escalada. Por aquella época sus problemas de salud eran constantes. Tras visitar a varios médicos que no le daban solución a sus dolencias –y de los que decía que solo servían para sacarle a uno los cuartos y atiborrarle a pastillas–, decidió buscar remedio y descanso en la montaña. Fue en una de aquellas caminatas cuando Salathé oyó hablar del Sierra Club, una asociación de San Francisco fundada por el legendario John Muir en 1892, dedicada a la protección y conservación de los espacios naturales. El club contaba, además, con una sección de escalada dedicada a promocionar el deporte en la zona. Poco después sería con ellos con quienes Salathé tuvo su primera experiencia en la roca.

Aquel día, Salathé salió a caminar por Tuolumne Meadows, en el parque Yosemite, cuando topó con una cabaña de piedra que el Sierra Club había construido en memoria de Edward Taylor Parsons, director del club de 1905 a 1914. Allí entabló conversación con una mujer que se había quedado guardando el refugio mientras su marido y otros miembros de la asociación habían salido a escalar. Enseguida le habló del Sierra Club y de su sección de escalada. Las historias de aquella mujer debieron impresionar a Salathé, que era la primera vez que oía hablar de la escalada y de esta asociación, ya que le bastó ese primer contacto para que pronto empezara a explorar este nuevo mundo.

El escalador regresó a San Mateo y siguió buscando otros formas de aliviar sus molestias. Inspirado en la imagen de unos saludables rumiantes decidió eliminar la carne de su dieta. Estaba convencido que aquel cambio le ayudaría a recuperarse; si aquellos formidables animales vivían solo de hierbas y gozaban de buena salud, el cambio solo podría reportarle los beneficios esperados. Desde aquel momento el herrero se alimentaría únicamente de verduras, frutas y frutos secos, algo que nos narra John Thone, no sin cierta resignación, de los días que convivió con Salathé en la cabaña en la que se refugió durante años en Suiza:
«Nunca olvidaré nuestra primera comida. Era una enorme cacerola de hierbas hervidas. Parecía un guiso de césped. Salathé me recordó “esto es bueno para ti, te dejará limpio”. Y sí, así fue.»

Escaladas legendarias

Salathé empezó a escalar con el Sierra Club en 1945. Robin Hansen recuerda una de sus primera salidas. Aquel día en Hunters Hills, Hansen formó cordada con Salathé en la ascensión de la vía Eagle’s Nest. Hansen subía de primero. Cuenta que al llegar a la reunión le gritó a John que escalara en libre, queriendo decir que no se agarrara de la cuerda ni de los clavos, sino que progresara cogiéndose de la roca. Por desgracia, el suizo se tomó aquello de forma literal, así que, sin cuestionar las palabras de su compañero, se desató la cuerda y empezó a escalar la pared sin ningún tipo de protección. Hansen no lograba ver a Salathé desde la reunión y le extrañó no notar ningún cambio en la cuerda. Decidió esperar unos minutos atento a lo que pudiera estar haciendo el segundo de cordada… Lo que no se esperaba era que al poco apareciera Salathé totalmente desprotegido; acababa de escalar la vía sin ningún tipo de seguridad.

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Salathé haciendo una foto a Ax mientras rapela, después de ser los primeros en escalar la Lost Arrow en 1947. Foto en http://www.yosemiteclimbing.org

Salathé, en sus salidas con el Sierra club, había oído hablar de la imponente Lost Arrow, una espectacular aguja de granito de 53 metros separada unos metros del enorme paredón desde el que cae el espectacular «salto Yosemite», una cascada de 739 metros. La aguja que arranca en el último tramo del paredón no se había escalado todavía. En agosto de ese mismo año, Salathé propuso a varios miembros del club, encontrarse allí para intentar alcanzar su cumbre. Pero aquel día no apareció nadie; tal vez por un mal entendido, o bien porque los jóvenes escaladores prefirieron no arriesgarse en semejante hazaña con aquel novato que rozaba ya la cincuentena. Salathé decidió en ese momento aventurarse en solitario. Rapeló desde el paredón al punto desde el que arranca la aguja y empezó su ascensión. Muchos tacharon de temeraria aquella arriesgada escalada, aunque otro tanto reconoció el extraordinario arrojo del suizo. El herrero consiguió trepar hasta una repisa en la cara orientada al valle y desde allí tuvo que abandonar su intento por las dificultades técnicas y la falta de medios. Más tarde se bautizaría aquella repisa con el nombre de Salathé.

No satisfecho con esa primera aproximación, al poco embaucó a John Thune, un joven escalador de 29 años, para repetir su intento en la Lost Arrow. En esta ocasión, la cordada liderada por Salathé logró ascender hasta escasos diez metros de la cumbre. Terminada la sección que discurre por un sistema fisuras, el equipo no contaba con el material adecuado para atacar los últimos metros. La comunicación era deficiente por el fuerte viento y la mala visibilidad y tras saltar uno de los pitones, Salathé se resignó a rapelar hasta su compañero decidido a rematar la cumbre en otra ocasión.

Tan solo unos días después Robin Hansen, Anton «Ax» Nelson, Jack Arnold y Fritz Lippmann intentaron alcanzar la cumbre de Lost Arrow. El grupo se las ingenió para colocar una cuerda fija y de esta forma poder ascender con prusiks por la cuerda… efectivamente, habían alcanzado la cumbre, pero todavía nadie había escalado la formidable aguja.

En octubre de ese mismo año Salathé se unió a Ax Nelson para completar la primera ascensión de la cara suroeste de Half Dome. Fue una escalada que requirió la máxima valentía, pero si algo marcó un hito en la escalada del valle fue que la cordada tuvo que hacer noche en la pared para completar la ascensión, siendo la primera vez que una ruta requería un vivac en el valle de Yosemite.

En septiembre de 1947, de nuevo junto a Ax, remataría su trabajo en Lost Arrow. Esta vez no empezaron la escalada desde la base de la aguja, sino que iniciaron la escalada desde la chimenea Arrow, cientos de metros más abajo, siendo una de las escaladas más famosas de John y en la que necesitaron pasar cuatro noches en el granito para completar toda la ruta.

Los nuevos clavos de Salathé

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Modelo Lost Arrow de Black Diamond

En aquella época, lo clavos que se utilizaban en el valle venían de Europa y su acero blando entrañaba numerosos problemas en el duro granito de Yosemite. Una vez instalados en las fisuras, muchos quedaban totalmente retorcidos haciendo muy costoso y, en ocasiones imposible, retirarlos de la pared. Salathé se puso manos a la obra. Empezó a trabajar en su herrería de San Mateo en unos nuevos clavos que resistieran la dureza de Yosemite. Hay quien dice que se sirvió de unas patas de una estufa de hierro, otros que empleó unos ejes de Ford… el caso es que el herrero empezó a trabajar con un material más resistente y logró crear los primeros clavos de acero duro del mundo. Estos nuevos pitones revolucionaron la escalada en el valle, tanto en libre como en artificial, ya que podían utilizarse en las estrechas fisuras de Yosemite. Sus calvos abrieron las puertas a rutas que ni siquiera se habían contemplado. Además, al poder reutilizarlos, hacía que el material que debía acarrear el escalador fuera mucho más ligero. Sus pitones pronto empezaron a extenderse por el valle, y todavía hoy su aportación sigue vigente, puesto que su ingenio serviría de base para materiales más modernos. Black Diamond, por ejemplo, cuenta todavía con los Lost Arrow, un modelo diseñado por Salathé.

Salathé Wall en El Capitán

El los años 50 Salathé cerró la tienda en San Mateo y regresó a Suiza. Allí estuvo viviendo en una cabaña de piedra en la zona del lago Maggiore, próximo a la frontera italiana.

9788495760753Con su regreso se cerró una de las grandes etapas en el valle que daría paso a la edad dorada de la escalada en Yosemite. La presencia de este viejo excéntrico en el valle marcó una época y dejó su impronta en los escaladores, que bautizaron a una de las paredes de El Capitán con su nombre. Sin duda, su leyenda sigue viva.

Hace muchos años me leí un libro sobre la escalada en Yosemite y no quiero terminar sin recomendarlo. Además de dar un repaso por las figuras más carismáticas y relevantes de la escalada en Yosemite, de plasmar a la perfección el carácter inconformista de los escaladores que se afincaron en el Campo 4 y de relatarnos numerosas anécdotas e historias que retratan una era fabulosa en la historia de la escalada, plantea numerosas cuestiones que serán determinantes en la evolución de este deporte y de sus distintas disciplinas. Creo que merece mucho la pena leerlo. Os lo recomiendo: Campo 4. Recuerdos de un escalador de Yosemite, Ed. Desnivel.

Por supuesto, se aceptan comentarios. Si queréis recordar algún otro episodio del escalador, matizar algo de lo que hemos contado aquí o contarnos alguna anécdota de otra gran leyenda… ¡estaremos encantados de leer vuestros comentarios!

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2 Respuestas a “El legado de John Salathé

  1. Pingback: Historias de Salathé narradas por John Thorn – El blog de Explore Translations·

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